Albert Manent

Erudito de la cultura catalana

Guillermo Díaz-Plaja y Contestí dentro de una generación ilustre y ‘quemada”, como la ha bautizado Juan Ramón Masoliver (la de Batllori, Xavier de Salas. Vicens Vives, Aramón, Clavería, Grases, etc.), fue un escritor precoz. Aunque su primer libro sobre las cartas de Goya -publicado por Editorial Juventud cuando era un adolescente imberbe- fue en castellano, una buena parte de su producción en los años treinta fue escrita en catalán y sobre temas muy actuales. Así L’avantguardisme a Catalunya (1930), primera obra sobre un movimiento entonces todavía no histórico; un buen estudio sobre la cultura del cine, sin olvidar sus colaboraciones en la prensa y en el gran semanario Mirador. Gracias a Díaz-Plaja el público catalán, en plena ebullición estatutaria y catalanista, pudo seguir la presencia de la generación de poetas castellanos del 27 y la figura de García-Lorca. Después, en un libro modélico que le dedicó y que tuvo que publicarse en Buenos Aires, Lorca fue analizado morosamente.

El conjunto de su bibliografía es oceánica y sólo los libros sobrepasan el centenar. Por fortuna disponemos de más de una biografía-entrevista que nos dan el perfil de personaje que en Cataluña fue uno de los puentes con Madrid, con la cultura castellana en general y también con América. Recuerdo que me había contado la triste anécdota, referida a un ilustre exilado español, que le preguntó si era verdad la feroz persecución del franquismo contra la cultura catalana. Díaz-Plaja se lo confirmó y el ilustre liberal dijo, aliviado: “Por lo menos Franco habrá hecho algo bueno”.

Una veintena de obras en catalán

De esa apabullante bibliografía se ha destacado muy poco el hecho de que una veintena de obras sean publicadas en catalán. De Literatura Catalana (1956) recogió buena parte de obras breves anteriores y ensayos importantes, publicados en Revista de Catalunya, etc.

Demasiada olvidada está su faceta de poeta en catalán, con finos sonetos, poemas de una vanguardia muy controlada y siempre con un lenguaje elaborado e hijo del Noucentisme. Recuerdo sus Papers d’identitat, bellos versos, contenidos.

La improvisación genial, el espíritu de finesse eran proverbiales en él. Como conferenciante era modélico y tenía aquel atractivo de las grandes figuras a quienes admiró tanto: D’Ors y Ortega. La sugestión del “Glosador” fue evidente en Díaz-Plaja que reivindicó en un libro rigurosamente documen­tado, La defenestració de Xènius. Periodista brillante, ensayista de una raza casi extinguida, una de sus obras Viatge a L’Atlàntida i retorn a Ítaca, se la elogió varias veces, la más reciente en una cena de intelectuales en abril pasado, el presidente de la Generalitat de Catalunya y recuerdo con qué satisfacción me lo contaba don Guillermo al salir y cómo esperaba la creación de un Institut d’Estudis Ibèrics.

Como divulgador de la cultura, a través de sus clases, sus obras pedagógicas y sus artículos periodísticos, Díaz-Plaja ha sido ejemplar. Y como coseur, como conversador, era fascinante, siempre dentro de una cierta pompa y solemnidad de verbo, con dosis sutiles de un humor y una ironía muy catalanas. Uno de los últimos actos en los que le vi intervenir fue en las jornadas de cultura catalano-andaluza. Nos dio una lección magistral de lo que significó la escuela Menéndez Pidal y sus sucesores en la idea de una España más unitaria que plural. Su figura es irrepetible. Los amigos añoraremos su compañía y aquella tranquilidad moral que sentíamos cuando don Guillermo intervenía en un coloquio o en una mesa redonda. Conciliador muy hábil, erudito y de palabra convincente, limaba asperezas y ejercía una eficaz pedagogía al explicar a los forasteros la realidad cultural, lingüística e histórica de Cataluña.

Albert Manent, La Vanguardia, 28 de julio de 1984.

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