Tristán La Rosa

«Historia General de las literaturas Hispánicas»

La aparición del segundo, impresionante, volumen de la Historia General de las Literaturas Hispánicas, obra que se publica bajo la dirección de don Guillermo Díaz-Plaja, nos vuelve a plantear, entre otras cuestiones, el viejo problema de las obras hechas en colaboración por diferentes especialistas.

Pedir que cada generación tenga un polígrafo capaz de realizar una labor a lo Menéndez y Pelayo, es pedir peras al olmo. Esto es evidente. Y, sin embargo, cada generación de estudiantes – y de estudiosos- necesita echar una larga mirada de conjunto, una mirada que abarque todo el panorama de las artes, iluminado a la luz de la última antorcha de la crítica y de la última bengala de la sensibilidad.

Estas obras, cuya aparición es tan necesaria y tan útil suelen tener, sin embargo, unos defectos tradicionales, comunes y, al parecer, insuperables. Tales efectos se cifran en la falta de una íntima, absoluta unidad de sentido. Porque, aparte de las diferencias culturales que muchas veces existen entre los colaboradores – diferencias que se traducen en una peligrosa irregularidad – cada uno de ellos se vale de un sistema crítico diferente y cada cual, como es lógico, enfoca los problemas de acuerdo con los dictados de una intuición absolutamente personal, particularísima.

Creemos nosotros que para soslayar tales inconvenientes sólo existe un medio: agrupar los diferentes colaboradores en torno a una dirección que, sin anular el criterio de los especialistas, que a la obra la máxima uniformidad posible. Tal es el criterio seguido en esta Historia General de las Literaturas Hispánicas, cuyo segundo volumen comentamos.

Comprende este volumen desde el pre-renacimiento, es decir, desde los primeros romances y las canciones del siglo XV, hasta Cervantes, pasando, como es natural, por la lírica, la novela, la filosofía, la historia y la literatura dramática del siglo XVI. Fray Luis es aquí el último representante de la lírica quedando por lo tanto excluidos del presente volumen fray Luis de Granada, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y los otros místicos de nuestra época de oro.

Suele la presente obra dedicar sendos ensayos a los grandes escritores, y estos ensayos, debidos casi todos a competentes profesores, no pueden ser comentados uno tras otro, como nosotros deseamos. Baste, pues, una referencia general, forzosamente incompleta, limitadísima.

Por regla general, los estudios más extensos comprenden una semblanza biográfica, un retrato espiritual, un análisis de las obras más importantes, una crítica de conjunto y una extensa, importantísima referencia bibliográfica. Así, por ejemplo, el estudio dedicado a fray Luis de León, debido al P. Ángel Custodio Vega; el consagrado a Fernando de Herrera, hecho por Antonio Vilanova, y otros.

Consideramos nosotros que, pese a la brevedad del estudio dedicado a Garcilaso de la Vega, la sección titulada “Las formas y el espíritu italianos en la poesía española”, de José María de Cossío, destaca del conjunto de este volumen.

La inevitable desigualdad que antes no referíamos se patentiza aquí en la incomprensible rapidez con que se ha despachado a Luis Vives, en doce o catorce líneas, en la que se sostiene una tesis que no todos los lectores aceptarán.

Si Luis Vives, nuestro más conspicuo representante del humanismo católico del siglo XVI, es despachado en un santiamén, Torres Naharro y Gil Vicente, los dos autores que introdujeron el Renacimiento en nuestros escenarios, brillan por su ausencia, de manera que la influencia italiana, o mejor dicho, romana, que Torres Naharro proyectó sobre su época, y la personalidad europea, cosmopolita de Gil Vicente quedan sin estudiar en este segundo volumen de las literaturas hispánicas.

Sin embargo, pese a tales defectos, esta Historia General de las Literaturas Hispánicas, cuya aparición supone un esfuerzo editorial digno de todo elogio, es una obra en la que, salvando algunas lagunas, el estudiante encontrará abundante materia con que ampliar sus conocimientos, y el estudioso, es decir, el ya iniciado, dará con ensayos de gratísima, aleccionadora lectura.

Tristán La Rosa, La Vanguardia, 14 de junio de 1951.

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