Tomás Alcoverro

La obra catalana de Díaz-Plaja

Los Ensayos (1)

Guillermo Díaz-Plaja publica en los años 1930 y 1932 dos libros de ensayos titulados, respectivamente, Una cultura del cinema y L’Avantguardisme a Catalunya i altres notes critiques. Díaz-Plaja ha sido uno de los primeros escritores españoles que se ha preocupado por la crítica cinematográfica. Ya en aquel tiempo, en Barcelona, Palau, Gasch, Plana, Montanyà, Ángel Ferrán y Dalí, y en Madrid, Federico de Onis y Alfonso Reyes, escribían sobre estos temas. Pero el libro de Díaz-Plaja significa una importante aportación intelectual a la teoría del nuevo arte. “A nosotros -escribe- nos interesa el ensayo totalizante, el estudio ambicioso que intenta explicar el valor sustantivo del cine”.

¿Qué es lo que le interesa al escritor del fenómeno cinematográfico? El libro aparece en un momento fundamental. El cine sonoro ha desplazado al cine mudo. Sebastián Gasch, en el prólogo, llega a escribir: “La época del cine ha pasado definitivamente”. Y, no obstante, el cine no ha sido aún valorado como una expresión artística auténticamente creadora. Es esto lo que le interesa a Díaz-Plaja, es “conocer el alcance de la intersección del cine con todos los restantes caminos artísticos y sociales”, “estudiar su proyección sobre nuestro tiempo”… El libro de Díaz-Plaja tiene ante todo esta nota de novedad, de recopilación de unos hechos, de profundización a un nivel superior de un saber. Al leerlo hemos pensado, una y otra vez, en la obra de Rubert de Ventós, aparecida hace tres años, El arte ensimismado. El ensayo de Xavier Rubert ha significado un borrón y cuenta nueva de la interpretación crítica del arte moderno, al establecer su teoría de las distintas alienaciones de las formas artísticas. Una cultura del cinema pudo representar en el campo intelectual español el reconocimiento de la importancia del cine como nuevo camino de expresión artística. De todas maneras, el propio autor calificó aquella obra de “libro destinado a convertirse en prólogo para la tarea de mañana”.

Estéticamente hablando, corrían los tiempos del arte por el arte, y Ortega había trazado las grandes líneas del paisaje de la creación. El libro de Díaz-Plaja se halla bajo esta influencia. No es raro encontrar en sus páginas citas de Griffith -“el cine es el juego de una plasticidad móvil por sí misma o por la valoración emocional que le otorga la acción”- capítulos titulados “la deshumanización del gesto”, frases como ésta: “El gesto formidable consiste en prescindir del modelo, de la forma. Analizar aquello que es contenido dentro de esta forma”.

El cine, que se ha ido liberando de las servidumbres de otras artes, sobre todo del teatro, va configurando su propia personalidad. Es una personalidad que se debate entre las formas del expresionismo y que no puede desconocer las nuevas corrientes surrealistas.

El cine hace vivir la inmovilidad de las cosas. Como escribe L’Herbier, “en la pantalla no hay naturaleza muerta. Los objetos tienen actitudes”. Díaz-Plaja reproduce estas frases de Epstein: “La mano se separa del hombre, y sola padece y se alegra. El dedo se desliga de la mano. Toda la vida se concentra de pronto y encuentra su expresión”.

En L’Avantguardisme a Catalunya establece Díaz-Plaja dos formas de la expresión subconsciente: a través de elementos poéticos decididamente fantásticos o bien mediante un tratamiento adecuado de las cosas reales. Este es el procedimiento empleado por Buñuel en sus películas.

L’Avantguardisme a Catalunya, como Una cultura del cinema, participan, ante todo, de la misma inquietud del escritor ante la nueva fenomenología artística: la aparición del surrealismo y la amplia difusión del cine. Las dos obras se relacionan, pues, casi se encabalgan, sobre todo porque las dos están escritas desde una misma actitud, producida, creo, por el impacto del surrealismo sobre Díaz-Plaja. Las dos tienen también algo de “primeros libros” compuestos con una intención informativa y de recapitulación. El primer capítulo de esta obra está dedicado, por ejemplo, a dar noticia sobre los poetas surrealistas catalanes, a fijar datos, a precisar nombres de revistas, todo ello cumpliendo con una necesidad perentoria del historiador de la cultura, que va levantando día a día acta de este complicado fenómeno de la expresión artística. Allí aparecen, además, los primeros juicios críticos sobre Salvat-Papasseit, Folguera, Sánchez Juan o Foix. Díaz-Plaja cita a Papasseit: “El poeta se mueve solo entre las multitudes, y es una maravilla en la época, porque es sincero”.

El escritor siente la llamada de su tiempo y por eso nos habla de la crisis de la palabra y de la jerarquía de la imagen sobre la cultura y la vida social. En su libro ya aparecen en embrión temas que después irá desarrollando en su obra, como la evolución del teatro, el barroco o el fenómeno romántico. A lo largo de sus páginas se repiten, además, las citas de Cremieux, de Worringer, de Ortega o de D’Ors.

Díaz-Plaja cumplía en aquellos años treinta aquel precepto de Rimbaud “iI faut étre absolument moderne”. El joven escritor defendía el arte inteligente, “su sentido artesano, noble, que deja al hombre en posesión de su fondo insobornable y le permite aquello que podría denominarse la concepción deportiva del arte, en contraposición con la confusión peligrosísima entre el hombre y el artista que todas las concepciones románticas -incluido el surrealismo- implican”. Eran, digo, los años treinta, y Díaz-Plaja se sentía atraído por las manifestaciones más propias de su tiempo: por el cine y por el surrealismo.

Tomás Alcoverro, ABC, sin fecha.

Los ensayos (2)

De Cartes de navegar a Viatge a l’Atlàntida i retorn a Itaca van casi treinta años. El primer libro aparece en 1935. El Viatge se publica en 1962. Entre estas dos obras, Díaz-Plaja ha escrito otros ensayos, como Una polèmica sobre el català a les darrerries del segle XVIII, La evolucio del teatre, De la literatura catalana y su discurso de ingreso en la Real Academia de Buenas Letras, Una cátedra de retórica, pronunciado en 1961. Sin embargo, pienso que tanto las Cartes como el Viatge están íntimamente relacionados y no sólo por cierta temática común. Las Cartes forman un libro de crónicas viajeras por el Mediterráneo. Primero, las islas Mallorca, Malta, Creta. Después, Grecia, Palestina, Turquía, Egipto o Túnez, El escritor viaja con gozo por estas tierras. Al escritor encerrado durante el año en su gabinete de trabajo, ocupado en estudios literarios, en ediciones de clásicos, en cursos académicos, le gusta el viaje. Ya por entonces Díaz-Plaja ya empezaba a calificarse con cierto énfasis juvenil de “doctorado en paisajes”. Estás vacaciones le sirven, además, para escribir ágiles y muy atinadas crónicas. No en vano Díaz-Plaja conoce la técnica del artículo, que cuando se sabe escribir puede ser tan perfecto, tan completo como un buen soneto. Pero los viajes acaban al fin.

Regresamos otra vez a nuestro trabajo y a nuestro ambiente. Volvemos a Itaca como Ulises, a nuestra Itaca. ¿Es superficial el viaje?, pensamos después. Viajamos para volver al mismo punto de partida y encontrarnos con una misma realidad. Díaz-Plaja, al escribir años más tarde un nuevo libro, tratará de analizar nuestra circunstancia habitual, la ciudad, la cultura en la que somos, contrastándola con aquellas otras formas de ser, aprehendidas a lo largo de nuestros periplos. Así, en Viatge a l’Atlantida i retorn a Itaca volverán a aparecer los países mediterráneos, además de las tierras hispánicas, Portugal o la isla de Madeira. Incluso al hablar de Túnez repetirá de nuevo aquel proverbio árabe que escribiera en Les Cartes “Todos los que tuvieron prisa ya han muerto”. El Viatge ahonda y amplía laexperiencia viajera de Les Cartes y se propone -son palabras de su autor- “repetir nuestro itinerario, enfrentándolo con nuestra realidad espiritual. El resultado general de nuestra encuesta será una pérdida de posiciones”. ¿A qué pérdida de posiciones sé refiere el escritor?

Cataluña es una tierra mediterránea. Díaz-Plaja ha sabido ver que bajo la serenidad del mundo clásico, como ya antes había dicho Nietsche, se halla un sustrato dionisíaco. Esta corriente subterránea da “complejidad dramática a la aparente serenidad de su arte y de su literatura”. El “Mare Nostrum” se convierte entonces en “Mare Tenebrarum” en país habitado por los monstruos, anclados en lo más profundo de nuestra civilización, insertos en nuestra propia alma. “Si queréis –dice- el monstruo somos nosotros mismos”.

Tras el viaje el escritor ha vuelto a su tierra y ha meditado sobre la forma de ser de la cultura catalana, de la psicología de su pueblo. Cataluña se ha desentendido de muchas realidades próximas. La pérdida de posiciones a la que aludíamos se refiere, pues, a esta reacción inhibida del catalán. Es una posición, quizá legítima, quizá obligada por una necesidad dramática. Pero no puede ser la única. Y hace falta que alguien se enfrente al riesgo del escándalo al señalar el peligro de irrealidad que esta actitud implica. “Siguen unas páginas valientes, desmitificadoras. Cataluña durante mucho tiempo ha querido acallar sus monstruos, ha querido ignorar sus contradicciones empezando por el hecho del bilingüismo. Por eso Díaz-Plaja, apoyándose en Jorge Rubio, nos dice: “¡En lugar de disimular unos hechos que son la evidencia misma es más lógico y encaja más en nuestro sentido de la realidad, incorporarlos proclamando una visión maximalista de nuestra cultura que, basando esencialmente su realidad literaria en el instrumento lingüístico que nos es privativo, no acepta el exclusivismo, ya que la realidad histórica nos muestra la persistencia de una complejidad expresiva que, al fin de cuentas nos enriquece”.

El Viatge propone una comprensión amplia del hecho cultural catalán que permita la inclusión de todos sus valores “informados por nuestro espíritu”, evitando toda clase de mutilaciones.

La última parte del ensayo estudia las vertientes realista e irrealista en Maragall y el esfuerzo de la poesía catalana del Noucentisme para presentarse siempre de una forma clara, ordenada, alejada de toda tentación tenebrosa. Los monstruos han sido encerrados en profundas cavernas. Pero entonces con esta decisión, caracterizada por el apego a las formas tradicionales y sosegadas, la imaginación creadora, la poesía, piensa Díaz Plaja, puede confinarse en una realidad a la medida del hombre, sí, pero que ha perdido la inquietud de los grandes horizontes. El tradicionalismo amenaza con la pérdida de una actitud más flexible, exigida sobre todo hoy, en que el arte busca una nueva realidad.

El viaje de mil novecientos treinta y cinco, el de las Cartes, ha tenido un final fructífero. Las crónicas viajeras se han transformado en elementos de juicio, en incitaciones del pensamiento. Después el escritor ha podido entender con mayor hondura la realidad de su ambiente cultural. Y ha podido escribir que la poesía catalana prefiere más “llegar a Itaca que navegar peligrosamente.

Tomás Alcoverro, ABC, sin fecha.

La intimidad (y 3)

Rafael Barthes ha escrito muy inteligentemente sobre el empleo del pronombre personal “Yo”. Cuando el escritor dice “Yo”, este pronombre ya no tiene nada que ver con un signo inicial. Este “Yo” no es nada más que un “El” en segundo grado, un “El” de vuelta. ¿Pero cómo emplea esta palabra el crítico? “Al crítico no le queda más solución -leemos- que callarlo a través de una especie de grado cero de la persona… El crítico sería el que no puede producir el “El” de la novela, pero que tampoco puede relegar el “Yo” a la pura vida privada, es decir, renunciar a escribir”. ¿Hay, de hecho, una diferencia profunda entre el crítico y el artista de la palabra?

Michel Butor ha analizado la tarea del crítico y ha visto en ella, en la elección de elementos, por ejemplo, en la composición de su trabajo, resultado de una posterior síntesis personal, la misma voluntad y técnica creadoras que caracterizan al artista. La diferencia estaría en que el crítico trabaja sobre una materia distinta, que es la obra artística, mientras que el poeta o el novelista hablan de objetos anteriores y exteriores al lenguaje. Es, citando otra vez a Barthes, “un lenguaje segundo (o meta-lenguaje) que se ejerce sobre un lenguaje primero (o lenguaje-objeto)”.

Es ahora muy frecuente que junto a la actividad poética un escritor se haya dedicado, también, al estudio crítico de las obras literarias. Sólo hay que recordar a los poetas de la generación del veintisiete, excelentes críticos -un Guillén, un Salinas, un Cernuda, un Dámaso Alonso- , o los más modernos, como Valverde, De Nora, Barral o Gil de Biedma. Quizá lo que ya no es tan frecuente, tan conocido cuando menos, es que el crítico, el ensayista, compongan páginas de creación en el sentido más admitido de la palabra. Sin embargo, ahí está Aranguren -aquellas páginas muy bellas del intermedio de Crítica y meditación- o Guillermo Díaz-Plaja, con dos libros en catalán, uno en prosa, Papers d’identitat, y otro en verso, Les Claus. Sólo vamos a hablar ahora de estas dos obras, aunque Díaz-Plaja es conocido, además, como poeta de expresión castellana.

Los dos libros son dos libros íntimos, ediciones muy restringidas que conmemoran dos fechas importantes de la vida del escritor. Papers d’identitat lo publica al cumplir sus cincuenta años, y Les Claus, en el trigésimo aniversario de su matrimonio. Se trata de una literatura casi doméstica, pero esta cercanía del yo con la obra nos permite, precisamente, hallar aquellas características más profundas de su talante humano y literario. Díaz-Plaja, profundamente influido por el pensamiento de Ortega, va en busca de sus raíces en aquella Ciudad de Piedra (Gerona), en la que pasó la adolescencia, y se inserta con lucidez, en medio de su ambiente entre las “cosas benignas”, en este paisaje hecho a la medida del hombre. “Si me enamoré entonces –escribe- del tiempo que pasa, si toda mi vida ha sido una devoción por lo que fue creado en el tiempo, con la voluntad de permanencia, lo debo seguramente a esta entrañable experiencia de adolescente”. Pero el hombre es capacidad de futuro, proyecto vital, tensión. Ahí, en estas páginas, encontramos el amor a la vocación literaria, el recuerdo de las primeras películas cinematográficas a cuyo arte dedicará más tarde un libro, el gusto por los viajes y también el convencimiento de la tragedia solitaria del intelectual, fruto de su rara experiencia, del crimen de ser diferente. “El castigo para el espíritu se llama soledad”, dice.

Para él, el recuerdo y el proyecto son las llaves de la inteligencia del hombre, que vive en una circunstancia de tiempo y espacio que no ha elegido. La preocupación por el tiempo –“Toda existencia es, ante todo, una lucha contra el olvido”- constituye el trasfondo de su libro de versos, Les Claus. Les Claus son las llaves que abren las habitaciones oscuras o los armarios en los que aún se encuentran, guardadas por la esposa, las antiguas muñecas, la habitación del hijo que al cerrarse deja fuera el silencio –“el meu silenci”- un pequeño piso de antaño, quizá una vieja hucha…

Estos poemas cantan la anécdota de la existencia, Con sencillez, casi sin darle importancia, Por eso, en el fondo de los recuerdos de las puertas que ya nunca más se abrirán, el poeta topa una y otra vez con las ruinas del tiempo, de ese tiempo que marca con solemnidad el “reloj del comedor”: “Solemnemente/ una vez cada semana, -mi padre subía a una silla/ para dar cuerda al reloj./ Era una llave de relieves góticos larga y fina como un espadín./ Cuando el padre murió/ me tocó a mí, el hijo mayor, hacer girar la llave/ para que no se parase el latido de la casa./ Insensible, el péndulo no captó el ritmo de mi corazón”./

Díaz-Plaja ha sabido escribir este hermoso poema en que el tiempo parece más íntimo aún.

Tomás Alcoverro, ABC, sin fecha.

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