Juan Perucho

Guillermo Díaz-Plaja en sus memorias

Hay un momento para el recuerdo. Llega un día en que volvemos el rostro hacia el pasado y, como en un espejo, contemplamos nuestra imagen idealizada y distante. Podemos hallarla, muy joven aún, en un salón nebuloso, con el humo de las conversaciones flotando, en medio de sonrisas y toses aburridas. Es posible que se abra una puerta, y entonces el campo nos ofrezca la mancha dorada del sol sobre la hierba quizás el esplendor de una entrañable cabellera femenina. Intentamos en vano fijar nuestro recuerdo, pero enseguida otras imágenes suplantan a las anteriores, y aquellos celosos cabellos han desaparecido ya para dar paso a otras inexplicables presencias. Surgen entonces unos guantes amarillos, un gabán, una corbata listada, unos libros, un pañuelo de seda, qué sé yo.

Pero por debajo de esas baratijas de vivos colores descubrimos una voluntad de ser. Un algo que definirá toda una vida comienza a dibujarse más allá del espejo, más allá de las reminiscencias y los aires perfumados. Descubrimos entonces el comienzo de una aventura espiritual, y cada acto tiene un sentido, cada imagen su significación. Dar coherencia a todo esto es tanto como investigar la raíz de nuestra existencia, ponernos mágicamente en el origen de nuestro destino.

Guillermo Díaz-Plaja acaba de darnos, en un libro de excepción, el testimonio de su destino, de su aventura espiritual por la vida. Este libro constituye, al mismo tiempo, un testimonio de su generación, que es la de 1930 -1936, y en él asistimos, como dice Julián Marías en el prólogo, al descubrimiento de sus más íntimas características: “cierta retórica, algunas preferencias–una música, un tipo de mujer, un ritmo de la frase, tales palabras de elogio o vituperio–, una manera de conversar de mover las manos, revelan lo que el hombre es “en el fondo” lo que ha sido siempre”.

En este libro contemplamos a una de las más auténticas vocaciones intelectuales de nuestro panorama cultural. No es un libro lírico–aunque a ratos lo sea–sino puntual, informativo, revelándonos las realidades cotidianas de uno de los períodos más brillantes de nuestra historia literaria. Una noble inquietud, una vasta curiosidad por todo se alza de estas páginas luminosas y cordiales, y nos conduce a una visión equilibrada y justa de las cosas. En un país donde todo tiende a desmesura arce, este libro es ejemplo de cordura y sensatez. El acontecer histórico cultural es examinado en sus raíces profundas y a la luz de una serena reflexión. “El ejercicio de este menester–nos dice Díaz-Plaja–, y el uso alternado de mis dos lenguas–la la de Castilla y la de Cataluña–me han colocado con frecuencia ante la responsabilidad de explicar las dos vertientes culturales cuyo inter conocimiento estimó vital desde cualquiera de los dos flancos que nos definen. Entiendo que–aún desvalorada y mal agradecida–es una tarea dramáticamente necesaria, en búsqueda de una noción de compañía y buen entendimiento, cuyos precedentes habría que buscar en aquellas doctrinas de la en aquellas doctrinas de la “concordia” y de la “conllevancia” que un día resonaron en las páginas ilustres de Francisco Cambó y de José Ortega y Gasset. Y adviértase que esta noción no depende de la dimisión sociológica que no sustenta, sino de la actitud intelectual que nos define. Añade Díaz-Plaja que “se puede ser tribal de muchos modos y–aunque parezca imposible–en el campo del espíritu, donde las fronteras son, no por sutiles menos aceradas, caben alambradas de terrible eficacia separadora”.

Este es, pues, también un libro de cavilación, de preocupación por nuestras realidades más inmediatas y urgentes, contrapartida de aquel otro no muy lejano, publicado en 1962, titulado significativamente Viatge a l’Atlàntida i retorn a Itaca, que el autor dirigió a sus gentes de Cataluña.

Gran escritor, Díaz-Plaja nos delata ahora con su prosa admirable, que sabe ser fabulosamente elegante cuando quiere, ceñida cuando es necesario. De su ingente y varia labor como crítico, algunos libros serán sin duda más importantes y decisivos, pero ninguno tendrá la emocionada ternura de estas memorias, de estos hechos relacionados al filo de los años, en este nel mezzo del cammin di nostra vita que Dante puso sosegadamente en su famoso verso.

Juan Perucho, La Vanguardia, 6 de julio de 1966

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