IMPRESIONES

 

 

Las verdaderas piezas de un viejo proceso

 

Tinc la desgràcia – a la ratlla dels vint anys – de posseïr una petita història literària. He patit una mica de precocitat productora i he publicat, ací i fora d’ací, centenars d’articles. Tot això no m’envaneix pas. Penso que tot plegat no he abastat més que un cert automatisme expressiu i un cert afinament de la intuició crítica”. Son frases de Guillermo Díaz-Plaja pescadas en una beligerante revistilla que perpetrábamos por los días universitarios, año de la Exposición. Pon grande donde dice "petita", libros en vez de "articles", y la cita sigue conservando, entera y aumentada, su vigencia. El olfato crítico y el talante definidor, la redonda expresividad, la apabullante diligencia de este "Luca-fa-presto", y bien, que es Guillermo.

Dudo de que autor viviente alguno (ni muerto, a no ser Lope) pueda, va de ejemplo, alinear en un año la porción de libros que bajo el nombre de nuestro autor aparecieron en el recién terminado de 1967. Intentaré el recuento. Además de La dimensión culturalista en la poesía castellana del siglo XX, su discurso de ingreso en la Academia española, se me acuerda de ensayos como Las elecciones amigas y Los monstruos y otras literaturas, con otro, que será el tema de estas líneas: de Poesía junta (1941 -1966), una reunión de su obra poética que trae pie argentino; de las crónicas de su incesante viajar, ahora Con variado rumbo… y África por la cintura; de la erudita introducción a las Obras literarias de Rafael María Baralt, en la Biblioteca Rivadeneyra, más la selección, prólogo y notas para un Azorín y los libros. Y algo de lo que a comienzos de curso se anunciaba como empresa, a saber: Soliloquio y coloquio (lírica y teatro), La linterna intermitente, La creación literaria en España (1966 -67), El maíz y el ébano (Centroamérica), la ciclópea Antología mayor de la literatura hispanoamericana, por él dirigida y presentada, autor por autor. Y van catorce, como el soneto. Por no decir de reediciones y refundiciones–ensayos de altos vuelos, textos escolares, obras de repertorio–que, con cuños de Barcelona, Madrid o Buenos Aires,  suman siete u ocho más.

Lista y cita vienen al hilo de la última producción de Díaz-Plaja llegada a mis manos: La defenestració de Xènius, que prácticamente inaugura las actividades de una editorial andorrana. Un pequeño libro que pone el punto final a una batallona cuestión que nos traía a mal traer desde los años mozos, si para las jóvenes promociones anda envuelta en las brumas del mito. Despiertos a la ficción literaria cuando la "defección" de Ors era un pasado reciente y lancinante aún para nuestros mentores, que mal se compaginaba con la imagen que del escritor adquiríamos en los periódicos madrileños y en la biblioteca, nuestra mocedad intentaba vanamente formar juicio de las causas y entidad de un daño que a nuestro indagar sólo oponía reticentes silencios, cuando no sospechosos sarcasmos y cóleras mal contenidas. Un tema tabú y, por lo mismo, más tentador.

Recuerdo el fresco octubre del 29, a la salida de una sesión solemne en la Universidad donde fueron oradores el príncipe de Rohan y el ministro Bottai, con ocasión de no sé qué empingorotado congreso de intelectuales; y me veo, Granvía acá, mosquetero–con Díaz-Plaja, Clavería y el malogrado Ramón Esquerra–de un brillante grupito en que Ramón Borrás Prim, Federico Mompou, Valeria Seligmann y, no estoy seguro, Jaime Pahissa o el maestro Quintas, sorbía el despacioso y chispeante hablar de Eugenio D’Ors, por entonces delegado español en el Comité de Cooperación intelectual de la S.D.N. Y estoy viendo la turba estudiantil, capitaneada por compañeros nuestros de nombre hoy conocido, con merecida función dirigente, incluso, que a distancia nunca acortada de 20 o 30 pasos venían vociferando calle adelante una sarta de dicterios ("fora l’ex-Ors", el más suave) mientras el otro, impertérrito, seguía desgranando el elenco de sus últimos vagabundeos culturales. Y así, plantando pinos (y los otros, bosques) hasta el Paseo de Gracia, en su hora más concurrida, donde unos taxis apercibidos por la prudencia de Mompou nos trasladaron a comentar la nueva urbanización de los Jardinets. Era por los mismos días de la cita que abre este comentario y presumo no tenga mal encaje cuando el orsianismo de Díaz-Plaja rinde, al buen nombre del que nuestros mayores habían saludado como Pantarca, el tan auspiciado e inestimable servicio de hoy.

Porque el paulatino retorno de Ors a sus natales, propiciado en un principio por sus editores (Janés y Félix Ros, de un lado, y José María Cruzet para la obra vernácula) y por sus colaboraciones periodísticas en Barcelona; robustecido con las estancias veraniegas y su tradicional colofón en la concurrida cena del 28 de septiembre, rezumando brindis, si valió para dulcificar actitudes y restablecer viejos lazos, no es menos verdad que la herida permanecía, soterraña en lo cultural. Más y concordia, más a pacto de no remover las aguas. Hasta que la apertura general que todos saben, más coincidente con la hora del mundo y de veras fructífera para las letras catalanas, para una cultura abocándose a saludable revisión, liberándose de viejos tópicos y tabús invitó a encararse, por lo mismo, con la antañona comezón, digo cuestión. Gaziel, Sagarra, Pla, al comienzo; José María Capdevila, clareando –testigo de excepción– una vertiente ideológica apenas recordada de la obra y el hombre Ors; por último, Enrique Jardí que, hijo de un fraterno amigo del Pantarca en los días críticos, se atrevió a levantar una punta del velo (Tres diguem-ne desarrelats) y tirar, después, valientemente de la manta con su minuciosa y fundamental biografía del escritor, y exhumado–por más pieza de convicción– El nou Prometeu  encadenat, la tragedia alegórica que Ors dispensó en su continuación del Glosari, ahora en el diario de Pich y Pon, al otro día de arrebatársele el gobernalle oficial de la cultura catalana.

De arrebatárselo, no debido tanto a irregularidades administrativas y barruntos de indisciplina, según la versión dada entonces y agrandada por la leyenda, cuanto a discrepancias ideológicas, en lo político y en lo social, según a estas alturas queda comprobado palmariamente. Capdevila y, con más detenimiento, Jardí lo tenían explicado; Díaz-Plaja aporta ahora las pruebas fehacientes y pormenorizadas, por nadie aducidas textualmente hasta hoy (aunque en ellas basó su comunicación a la academia orsiana del Faro, en la sesión pública de hace ahora un año) y que se ordenan en un apéndice documental que cubre sus buenos dos tercios del libro. Dichos documentos muestran la especiosidad de los cargos (por no decir su ridiculez y artería, en más de un punto) y su celérea e instrumentada acumulación: en maniobra diversiva, para celar un cambio de estructuras en el campo educacional planeado a espaldas del director de Instrucción Pública de la Mancomunidad, Eugenio D’Ors. El desquite que los antiguos servicios culturales de la Diputación tomaban sobre los de la Mancomunidad, al traspasar aquellos a ésta. Un flaco servicio a la memoria de Prat y de su obra, no por menos exaltados uno y otra para aquella ocasión. Y como motor, los escrúpulos religiosos del señor Puig y Cadafalch y los recelos de la mayoría lliguera ante el conclamado obrerismo sindicalista de Ors, condiscípulo y valedor de Layret, admirador del Noi del Sucre, glosador de la huelga general del 19, menudeando su atención cogitante a los hechos revolucionarios de Rusia, Alemania e Italia.

Como motor, digamos con más exactitud, una vez que se consiguió entrase en el juego el ordenancista y apasionado presidente (buena pareja con Ors), los celos. La verde envidia, ante el plebiscitario primado del Xènius de aquellos lustros. El reconcomio de unos intelectuales que en Ors tuvieron su bautismo, su glosista y primer pedestal, y ya se arrepentían de haber alzado la mediterránea bandera del Noucentisme, como mal soportaban el papel de corifeos en la maquinosa liturgia del Pantarca. Pocos documentos más ilustrativos que el acta de la Asamblea de la Mancomunidad, celebrada el 15 enero 1920 en torno a la defenestración de Ors, y que –en su integridad– aquí se divulga por vez primera. En cuanto a la orquestación administrativa, principalmente por las palabras del ponente de cultura; en los pruritos morales, la interpelación del republicano Quintana y la fogosa respuesta del señor Puig. Compendio de todos los aspectos, y triste presea del livor de ciertos intelectuales (aunque él se arrogase la voz de todos), la estocada final del letrado Bofill y Mates, el poeta "Guerau de Liost", del Consejo de Pedagogía de la Diputación y, por entonces, presidente de su Comisión de Instrucción Pública.

No seguiré, pues que esos textos se bastan por sí solos. Y mi pobre cultura clásica no es para que acierte con el suceso, el autor y el pasaje que valgan extremos como los que allí tienen cumplido modelo. Tanto más cuando Guillermo Díaz-Plaja, el mosquetero de entonces, el maestro de hoy, los ha dejado vistos para sentencia.

Juan Ramón Masoliver, La Vanguardia, 18 de enero de 1968