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Ante el centenario de Valle-Inclán
A la vista del centenario de Valle-Inclán, que se cumple el 28 de octubre del año en curso, se ha iniciado ya el tributo bibliográfico que, de seguro, le será rendido, al modo que hubo de manifestarse en el caso análogo de Unamuno hace dos años. Feliz coyuntura esta de tales conmemoraciones que sirven de estímulo a estudios que, normalmente, no se prodigan en esta tierra nuestra, fecunda en historiadores y críticos de mucha nota, pero un tanto remisos a tratar de lo contemporáneo, deficiencia que va siendo corregida en el grado que es notorio, pues nunca se han cultivado tanto como ahora, monográficamente, los temas de esa índole. Sirva de ejemplo a tal respecto, sin volver sobre la copiosa bibliografía unamuniana, enriquecida en 1964, ésta que habrá de encabezar un reciente libro de Guillermo Díaz-Plaja, Las estéticas de Valle-Inclán, y hablamos de una obra que irá en cabeza porque, indudablemente, según noticias y vislumbres, la seguirán, a lo largo de 1966, obras distintas en torno a Valle-lnclán, referentes a su vida —en gran parte, fabulada por él mismo—, a su espléndida literatura o a ambos aspectos a la par, lo que acaso sea más frecuente, ya que vida y obra se funden en unidad de acorde, dada la arquetípica compenetración del autor con cualquiera de sus composiciones en verso o en prosa: novela, poesía, teatro, ensayo, todo personalísimo y concentrado en los geniales «esperpentos», modelo de creación, en directa correspondencia con una visión integradora de la realidad más extremada y la fantasía de más alto vuelo. Pero no hablemos demasiado por nuestra cuenta de Valle-Inclán, aunque nos tiente el tema, porque la inducción del presente artículo viene del libro de Guillermo Díaz-Plaja que acabamos de citar. En atención al dinamismo de su autor, era de esperar que no tardase en sus eruditas y coordinadas glosas a la ingente obra de don Ramón, que tira, en la memoria de todo aficionado a las letras, de un famoso verso de Rubén Darío: «Este gran don Ramón de las barbas de chivo...» No eran así las suyas, sino más bien de faquir, de señor feudal, de ermitaño y de guerrillero. De estas apariencias, bien acreditadas en los matices diversos de su obra creativa, surge el estilo del extraordinario estilizador. Pecaría de simplista quien hablase, aisladamente, de una determinada estética de don Ramón Guillermo Díaz-Plaja acusa su primer acierto en el enunciado del tema: Las estéticas de Valle-Inclán y para abordar ese tema le autoriza específicamente uno de sus libros anteriores: Modernismo frente a noventa y ocho. Porque don Ramón perteneció a esos dos grupos generacionales, y con esa conjunción o quizá mejor integración en un mismo carácter, habrá de contar quien quiera entender al autor de las Sonatas y Luces de Bohemia. Así procede Guillermo Díaz-Plaja, diferenciando, más que contraponiendo. El autor de Las estéticas de Valle-Inclán recalca esa distinción fundamental y valora una feliz expresión de Pedro Salinas, en su magistral colección de ensayos Literatura española. Siglo XX. Aludimos a esta frase: «Valle-Inclán, hijo pródigo del noventa y ocho...» Pero este entrecomillado necesita, como hace Díaz-Plaja, de la cita entera: «Se puede definir históricamente como un desesperado modo literario de sentir lo español del presente, so capa de retrospección... Por el «esperpento» ingresa Valle-Inclán en el 98, en España, en la mejor tradición, en el santo ruedo ibérico. Desengañado de martelos con las princesas de similor, vuelve, hijo pródigo del 98, al solar paterno, a su patria, a sus angustias, a la gran tragedia de España.» Cabe objetar, al margen de esta visión de Valle-Inclán, que tales «princesas de similor» —las de Cuento de abril, quizá no pesaron nunca demasiado en el mundo de Valle-Inclán, más atento de lo que parece a realidades profundas en las primeras fases de su producción: en Flor de santidad y Comedias bárbaras, sobre todo. Guillermo Díaz-Plaja da un valor representativo del conjunto valleinclanesco a las Divinas palabras que titulan su más importante obra escénica, pero que implican un certero calificativo de su estilo en general. Nos sentimos atraídos por ese aspecto del complejo tema Las estéticas de Valle-Inclán, porque de él irradian consideraciones afines en el bien organizado libro que comentamos. La médula de la preocupación a que responde esta obra no se hace visible sólo en el primer capítulo de su segunda parte, «Las doctrinas estéticas», sino antes y después: cuando Díaz-Plaja estudia, a título de introducción biográfica, a «Valle-Inclán en su circunstancia», como cuando desarrolla otros puntos de vista de la obra total: «los personajes» o «criaturas» y los que el autor llama «fieles contrastes» de Valle-Inclán, a saber: Rubén Darío, Unamuno y Pío Baraja. En la primera parte, en que se inserta el jugoso apunte biográfico, nos interesa mucho el apartado: «Los conceptos lingüísticos», que acaso debiera sustantivarse, no por su extensión, sino por obedecer a un criterio que no es meramente «circunstancia», puesto que se refiere, definiendo la expresión de Valle-Inclán, «al latín retórico y misterioso», al castellano, «lengua de señores», y a «las expresiones cantonales», preferentemente el gallego. Esta confluencia de tres caudales o infiltraciones idiomáticas no han sido estudiadas, nos parece, tanto como ahora, en función del estilo de Valle-Inclán en general y aun de su obra. De igual suerte pensamos en la novedad que entraña, siquiera no sea en la totalidad de sus apreciaciones, la conjugada visión de nuestra España: la mítica, la irónica y la «degradadora» Por cierto que este último calificativo no nos parece tan afortunado como los dos anteriores, porque da lugar a cierto despiste. La degradación de pueblo en plebe no es fenómeno tan cierto, o al menos tan frecuente, como cabría inducir, aunque el «esperpentismo» dé motivo a creerlo. Pero el propio Valle-Inclán, creyéndolo o no, nos proporciona textos en favor de un pueblo auténtico y normal, y hasta de un señorío bien conservado, pese a la interposición de su estilo peyorativo, como lo era el de Goya, en determinadas ocasiones. Pero ni Goya ni Valle-Inclán —pensemos también en Quevedo— pretendieron nunca agotar con una interpretación unilateral el mundo circundante. Una de las claves críticas de Las estéticas de Valle-Inclán creemos descubrir en el apartado «La rebelión de las masas», de la tercera parte, «Valle-Inclán y sus personajes». Trátase de breves consideraciones,; pero de ajustada expresión. «Según un cierto sesgo —observa Guillermo Díaz-Plaja—, la evolución de la estética de Valle-Inclán podría significarse como un desplazamiento de lo individual-temporal a lo colectivo-espacial». Nos interesan las precisiones acerca de la relación de Bradomín con el tiempo, su «devenir», y también una distinción entre la estética que pudiera ser llamada «de presencia» y la condición teatral de los personajes creados por Valle-Inclán. «Estética de enumeración o presencia», escribe Guillermo Díaz-Plaja, aludiendo a la que caracterizará el gran ciclo novelístico filial —Tirano Banderas, El ruedo ibérico — y registrando «el ascenso al primer plano de la acción, del personaje múltiple»: observación de técnica literaria que se corresponde fielmente con un hecho inequívocamente social. Aunque pugne con otras exteriorizaciones del concepto valleinclanesco del mundo y de la vida, Díaz-Plaja invoca «su altivo esteticismo aristocrático para contrastarlo con ese avance, al primer término, de la masa gregaria, colocada en el segundo término borroso de sus obras anteriores». Importa recoger, por coetaneidad, la publicación de uno de los libros fundamentales de Ortega: La rebelión de las masas. Es muy amplio, como tratamos de hacer ver, en sumaria ojeada, el ámbito del reciente libro de Guillermo Dlaz-Plaja, muy poblado de sugestiones temáticas, y no sólo a propósito de Valle-Inclán.
M. Fernández Almagro, La Vanguardia, 3 de febrero de 1966
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