|
IMPRESIONES |
|
Usaré de su mismo juego de palabras para justificar mi condición de testigo de la época (1930 -1936) a que se refiere Guillermo Díaz-Plaja en su breve, precioso libro Memoria de una generación destruida. El decía, no hace mucho, pizpireto, entre bromas y veras, preguntado, públicamente, sobre la edad, algo así: "Más de cincuenta y menos de sesenta". Pues bien, mi caso –digámoslo enseguida– es el mismo: pero con ciertos matices importantes en pro de los cincuenta que importa señalar, no por dármelas, pobre de mí de "pollo Tejada", a estas alturas, con las generales de la ley en las solapas de los libros, sino para precisar que Guillermo Díaz-Plaja –traducida la cuestión a cursos académicos– me lleva casi la carrera universitaria entera. Hoy, la cosa no cuenta, trasladada de promoción a generación; somos vecinos con barbas por remojar día más, día menos… Pero entonces, sí. Cuando yo ingresé en la Universidad, pasado el Rubicón de aquellos exámenes de Ingreso establecidos por el ministro Callejo, de la Dictadura, todavía en vigor, ya concluido su mandato, Guillermo Díaz-Plaja andaba, con seguridad, por las pruebas de la Licenciatura, con un pie en el estribo de su Doctorado –Madrid, 1930; era de los mayores. Yo, todavía con el pelo de la dehesa, venía de un Bachillerato encerrado en internado provinciano, un poco in albis de lo que ocurría en el país, en el mundo, con la cabeza llena de inútiles saberes de "Juanito" o, como se diría después, "repelente niño Vicente"; divisando caminos, escuchando voces no oídas, aturdido, en pleno descubrimiento del Paralelo (¡"Bataclán”, “Apolo”…!) con sus pupitres para la gaseosa, de inusitadas baraturas, espectáculo incluido, con aquellas "teloneras" que cantaban, con los estimados acentos sentimentales, "Rosa de Alejandría", entre silbidos y gritos, puente hacia las descocadas en ascenso, ligeras de ropa, para llegar a las "estrellas", intencionadas y picantes cuando la gaseosa vacía llegaba a ser puro símbolo infantil entre el humo de los primeros cigarrillos americanos, comprados a un tuerto de la calle de Ferlandina. "Rosa de Alejandría–muñeca querida…–no te podré olvidar…" ¡Dios mío, qué pequeño, qué lejano todo! El espectáculo empezaba a las tres y media de la tarde. Íbamos, unos por otros, con la comida en la boca, para ganar las primeras filas. ¡Dios mío! Pronto, muy pronto, pondría yo un anuncio en La Vanguardia –"joven universitario daría clases Bachillerato letras"– y, a la fuerza ahorcan, me empeñaría en comprender, de una vez para siempre, lo que era un adjetivo, la prosapia mostrativa del artículo, y una oración subordinada –que nadie nos lo había explicado del todo. En la clase de "Lógica y teoría del conocimiento", las chicas –aquellas primeras, o tal vez segundas chicas en la Universidad– me llamarían "el niño fonógrafo", por los resabios, todavía patentes, del ingenuo "Juanito" con ecos de voz blanca, y el traje de monaguillo en el fondo del baúl. Joaquín Xirau contestaba, con claridad y elegancia contagiosa, durante todo el curso la enorme pregunta "¿qué es Filosofía?"; Leíamos el Discurso del método. Intentábamos recordar la definición de la tutela: Vis ac potestas in capite libero... Algunos profesores se extrañaban de que no hubiéramos estudiado "Historia Universal"; a nosotros nos hicieron estudiar "Historia de la civilización española en sus relaciones con la universal"; a nosotros nos partieron el bachillerato, y más tarde la vida, por mitad, testigos de ideas, cambios y sistemas. Así nos luciría el pelo. Entonces, Guillermo Díaz-Plaja era de los mayores. (Empezaba a ser aquí el maestro joven de la generación.) Las cosas, en esas edades primeras, se ven a escala gigante. En los colegios, los chicos de los últimos cursos parecen, a los que comienzan, personas mayores. La práctica de la enseñanza explica, después, los hechos, al revés: hemos sido, de muy jóvenes, profesores de muchachos que tenían cinco años menos que nosotros; parecían poco menos, hijos nuestros. Por entonces –la relación con él fue leve– Guillermo Díaz-Plaja tenía libros en la calle –Goya, Rubén–, colaboraciones en El Día Gráfico…; metas para mis soñadas, lejanas, imposibles. Algo había de eso: mucho me quedaba por hacer. El contacto continuado comenzó cuando, ya catedrático del Instituto Balmes (1935), iba yo allí con mis alumnos y mis listas de (?). Hasta hoy. Memoria de una generación destruida me ha causado una impresión (?); confieso que más que cuando aparecía semanalmente en El Noticiero Universal. El tema, encerrado… ...los hechos una realidad estremecedora. He leído este libro como una vieja carta de familia: lentamente, levantando los ojos, buscando por la memoria viejas cosas, desveladas por la lectura, que ya no sirven; ha sido para mí como una "ventana de papel" por la que me he asomado a lo esencial de mi tiempo, a sus causas desencadenantes; a mi vida; a las características de mi generación, claras y asequibles. Lo he ido recordando todo por entre una niebla: nombres amigos, fechas; cuando el autor evoca el crucero universitario por el Mediterráneo, yo me acuerdo con un dolor actualísimo, de aquel verano del año 1933 en el que yo comenzaba el triste viaje de un año de inmóvil reposo en cama que me convertiría en un ser gordo y triste por dentro; cuando antes de su aventura de llevar el cine a la Universidad, pienso en mis puntuales reseñas del cursillo en el viejo y querido Diario de Villanueva y Geltrú, y me acuerdo, no se por qué con todo lujo de pormenores, de Esencia de verbena, film de Giménez Caballero que se proyectó, en el que Ramón Gómez de la Serna, con chistera, esquivaba pelotas de pim-pam-pum. Todo lo que se evoca en el libro, de cerca o de lejos, va unido a mi vida. Pero nada de eso vale para un juicio sereno. El libro es perfecto y útil; el idioma empleado –lírico en lo menester, sólo en lo menester– tiene claridades que arropan los hechos, y los ciñen a sus exactos límites. Son unas memorias sin asomo de deleite en la minuciosa recreación de lo subjetivo, moneda corriente en el género; lo personal está dicho en acto de servicio, en función de la voluntad de documento que lo preside todo. De todos los títulos de la extensa obra del autor, yo elegiría, como significativo punto de partida para una seria valoración de su quehacer: Registro de horizontes. Prescindamos de la estirpe viajera del libro, de su textura de recopilación de verdaderos poemas en prosa, nacidos, por dentro, en La Habana, Amsterdam, Ibiza o Puerto Rico; vayamos más lejos. Registrar –desde lo vital a lo contable, de lo íntimo a lo público– es consignar, de manera perdurable, lo que merece la pena de ser mencionado: lo que vale, cuenta, sirve en sí o como significativo punto de partida, cuyo conocimiento es esencial. Si pensamos un poco, Díaz-Plaja es, a lo largo de su obra, eso: un dirigente registrador de horizontes, lejanías que sabe acercar: un anotador de vertientes, enamorado de las claridades de la síntesis, empeñado en no dar a entender las vigilias del análisis, dejando para manos relojeras la actividad minuciosa, el cuidado de las ramas que surgen de la semilla esencial; es un escritor vigía, como lo fue d'Ors, que va por el mundo, con la mano en visera sobre los ojos, contemplando ideas y paisajes con horizonte al fondo; lleno de proyectos, siempre en acto de futuro. Memoria de una generación destruida es el "registro de horizontes" hacia atrás–"travelling retro" en idioma cinematográfico tan grato al autor desde los tiempos de Pina Menichelli–; quiero decir consignación de lo válido del pasado, ahora con la suave media voz que requieren los recuerdos, piel por medio; también con la varonil actitud de traer a colación audacias que los jóvenes creen haber inventado ahora, verdades de a puño, errores que se han pagado caros. Todo ello en una primera persona testimonial, con honores de tercera que lo baña todo con sus valores documentales. El libro es la prueba del feliz enunciado de la generación de 1936 que, sin quererlo del todo, dejó escrito, por mi ventura, Guillermo Díaz-Plaja en el prólogo a mi San Juan de Dios: "Demasiado jóvenes en 1936, fuimos después, de pronto, demasiado viejos en 1939". Como testigo presencial, doy fe. José Cruset, La Vanguardia, 13 de julio de 1966
|