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IMPRESIONES |
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Notas a un aniversario LA CAMPANA DEL TIEMPO
Nos apuntamos a los aniversarios; cuando suena la campana del tiempo, acudimos con diligencia; creo que no hará falta mucho para convencerles a ustedes; de todo ha de haber; yo sé bien que, a más de uno, esta triste historia del tiempo transcurrido le parece música celestial; según ellos, hay que sacar tórax, atender al presente y prospectar el futuro. No cabe duda de que la receta, si bien se mira, es ortodoxa y válida; pero ha de haber de todo, como se decía; cada cual es cada cual; y, además, aquello; lo del -cristal con que se mira; bueno: no se trata, aclaremos las cosas, del cómodo e inoperante "cualquier tiempo pasado fue mejor"; no se trata de eso; eso —también tiene sus adictos— es sentarse a envejecer, a la sombra del árbol de lo pretérito; habrá que decir que quienes practican esa suerte de deporte inmovilista, engordan; engordan espiritualmente, que resulta ser lo peor que pueda ocurrirle a los de la especie humana; y, sin remisión, engordan el pasado; hinchan el perro, como dijo Cervantes, con gracia que, después, pasó a ser de público dominio; lo hinchan; quiérese decir que procuran la almibarada mentira sentimental, o la heroica, que algunos boquiabiertos creen a pies juntillas, y suelen transmitir, por tradición oral, logrando hacer polvo la pequeña historia que los hombres llevamos a cuestas, en un macuto que, en ocasiones, como haya tiempo, se convierte en giba. Lo que no tiene vuelta de hoja es que el pasado cuenta; en eso, creo yo, existe general acuerdo; ¡que si cuental Lo que ocurre es que para unos más que para otros. Y no cuenta tan sólo como evanescente actualización de lo que, más de una vez, se dio como pasado a la historia, sino como explicación del presente, e instancia del porvenir. Dice Unamuno: «... con maderas de recuerdos armamos las esperanzas»...; dice más: "... se vive en el recuerdo y por el recuerdo, y nuestra vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo de nuestro recuerdo por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de nuestro pasado por hacerse porvenir »... Lo de los polvos y los lodos que suele decirse cuando las cosas van mal dadas, debiera tener una versión para lo positivo. Nos apuntamos a los aniversarios; hoy, al medio siglo de artículos (1924- 1974), de Guillermo Díaz-Plaja, cifradamente evocado por él en un bello escrito aparecido en estas columnas; patente prueba de la vigencia del pasado; un bello escrito obediente; con emoción bañada en rubor, a la poética consigna: «... vuelve hacia atrás la vista, caminante..." Nos apuntamos a los aniversarios, con tristeza; porque nos gusta la vida desenfrenadamente, y comprendemos, estremecidos, las verdades que se actualizan cuando suena la campana del tiempo. Nos apuntamos, en nuestra calidad de testigo, al íntimo aniversario de Guillermo Díaz-Plaja. De testigo de una Incesante actividad, premiada con las más altas cotas; testigo, hoy —nos lo notamos— vacilante, porque cuesta explicarse cuando el pasado se nos pone en jarras, frente a la mesa de trabajo, pidiendo audiencia, y hay que ir al grano. Guillermo Díaz-Plaja, por si algo faltaba, no necesita adjetivos; necesita las morosidades del libro, las aclaraciones a pie de página; no las forzosas telegrafías de la crónica; ya que la síntesis —que él adora— no vale, para definirlo, y menos aquí; la síntesis que Díaz-Plaja ama; de la flecha a la sinopsis; de la claridad al meollo, lección provechosamente aprendida en las pautas francesas que tantos beneficiarios silencian, y Díaz-Plaja proclama, con la cabeza muy alta; ¿estamos?.; "¿me sigues?", como dice Juan Ramón Masoliver cuando se pone manos a la obra. La síntesis resulta difícil para compendiar a Guillermo Díaz-Plaja: tan vario, tan ancho de contemplaciones, tan amigo de horizontes y su reducción a corcho y mariposa; tan en las "correspondencias", a lo Baudelaire, pero en los predios que limitan al norte con el hallazgo, y al sur con la erudición —menester, al cabo, más al alcance de todas las fortunas—. No le va la síntesis, porque, intentando dibujarlo con urgencias, la casa se queda a medio barrer; porque es movedizo, vario, curioso, hondo, sugerente, indagador, terco en la búsqueda, incansable, y, además, sagaz; porque cuesta seguirle en su destreza de avizorador —viajero, lector, de cine, teatro, poesía, novela, ensayo; interminable; clásico y novísimo—. Reparad —y que Dios me perdone por hurgar en su intimidad más flagrante—: en Mallorca (no digo ya en Cadaqués, en Madrid, en Barcelona, otrora en Llavaneras, o donde sea...); digamos en Mallorca; en Mallorca, todas las apariencias son de vacación y reposo; en su mirador marinero de "Los mascarones" —lejos y cerca de la Palma bullente—, todo tiene aire de calma y mar brillante; pero, no crean; Mallorca es para Guillermo Díaz-Plaja, atalaya, rincón de febriles pensamientos; zambullirse en el mar, como quien dice, al alba, encerrona monacal,con resultado de artículos, libros, cordilleras de cartas; también libros ajenos vistos, en su plenitud, por el rabillo de un ojo clínico, orsiano, descubridor de lo esencial; a tiro hecho, sin delectaciones en lo accesorio; Palma es todo eso, y más; todo, incluso el reestreno de la película que le llama la atención en Madrid, o en Florencia; todo, con un pensador detrás; un maestro; un viajero impenitente. Pero lo que yo venía a aclarar aquí, porque él, en su escrito, lo dice a medias, es que la ciudad en la que Guillermo Díaz-Plaja publicó su primer articulo es Gerona; él, entre cifradas alusiones y nostalgias, no lo dice; fue en el año 1924, en Gerona (Aquel 1924 del nacimiento del surrealismo, La montaña mágica, de Thomas Mann y los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda...) Gerona ("Gerona fue mi adolescencia") es una de las ciudades con las que, en los primeros años de la vida, han de entendérselas sus ojos de hijo de militar, como Víctor Hugo; de un lugar a otro; ciudades en las que el futuro escritor, a golpes de paisaje y circunstancia, se va configurando. Las ciudades de Guillermo Díaz-Plaja son, por orden de aparición: Manresa, donde, en el número seis de la carretera de Cardona, nace; puramente lugar de los primeros "papeles de identidad". Después, Barcelona, una Barcelona provisional, la de la enseñanza primaria en los escolapios de la calle de la Diputación —Parque de la Ciudadela; conos de nata sobre hojas de col; chocolate con bizcochos en la calle Petritxol, y unos extraños tranvías con aire de diligencia, tirados por mulas; el fotógrafo de la época es «Napoleón»; el poeta Joan Maragall conoce a unos nuevos escritores que van a ser los del 98—. Después de esa Barcelona primera (la definitiva llegará después de Melilla y Lérida), le toca el turno a Gerona; a Gerona es destinado don Francisco Díaz Contestí, al ascender a comandante. "Gerona fue mi adolescencia". La adolescencia, una llegada envuelta en brumas, y buena parte del bachillerato; los maristas llevan a los chicos al instituto de segunda enseñanza; en él profesa Rafael Ballester y Castell; Rafael Ballester y Castell es un adelantado que nada tiene que ver con lo que, en tocante a enseñanza, se lleva, tristemente, en la época; es un catedrático de Geografía e Historia deslumbrante; acerca el pasado, lo vivifica y lo hace asequible a las mentes de los muchachos que componen su auditorio: "Per mi fou un home enlluernador...». En Gerona, en 1924, se produce el hecho que festejamos; el primer artículo —lirismo adolescente—cuyo título es "Poema del amanecer"; ese primer artículo que se tiene guardado como el retrato de la primera comunión. Es el comienzo; entrar en fuego; romper el hielo; sentir una alegría a pocas cosas comparable. En Guillermo Díaz-Plaja, el primer título de una de las más extensas bibliografías del país; que va desde aquel Epistolario de Goya, que mereció el regalo de una glosa de Eugenio d'Ors, a un importante libro sobre el "Novecentismo" —que imagino, a estas horas, en prensa—; ambicioso intento de poner en solfa unos acontecimientos estéticos que siempre anduvieron dispersos, en medias tintas, medias lenguas, y alguna que otra Ignorancia. ... Bueno... Lo que yo quería, sin meterme en harina, es, querido Guillermo Díaz-Plaja, poner mi cuarto de espadas en tu aniversario; y darte la enhorabuena. ¡Cómo pasa el tiempo, mi buen amigo! ¡Dios nos pille confesados! • José Cruset, La Vanguardia, 25 de mayo de 1974
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