IMPRESIONES

 

 

Introducción

 

La posición de Guillermo Díaz-Plaja en el diálogo Cataluña-Castilla no es fácil de explicar ni sencilla de valorar para quien, como yo, se enfrenta a la cuestión de una manera biológicamente poco distanciada. A veinte años de su muerte, su obra y su figura pasan por un purgatorio que dificulta aún más una aproximación a ciertos aspectos constitutivos de su trabajo, entre los que se cuenta su posición entre las culturas catalana y castellana. Guillermo Díaz-Plaja se consideró toda su vida un tendedor de puentes entre estas dos culturas. Un trabajo bastante inútil: ciertos españoles no presentan el menor deseo de dialogar con ninguna cultura periférica, y, al mismo tiempo, muchos catalanes no ven la necesidad de comunicarse con una realidad que desearían ajena. En medio, es cierto, hay una porción de intelectuales que sí creen en este diálogo, una creencia que se sostiene con más o menos devoción y que se apoya con más o menos convencimiento según sea la coyuntura histórica y política que la impulsa. Y por supuesto, que varía extraordinariamente según el momento histórico desde el que se analizan estos movimientos de diálogo o simpatía. Pero abordar el tema de las relaciones entre la cultura castellana y la catalana obligaría también a definir estos conceptos: qué clase de cultura, qué valor o dependencia otorgamos a este concepto con respecto a la ideología y al poder. Los términos «castellana» y «catalana» aún se prestan a mayor confusión, puesto que no dejan de ser simplificaciones que ocultan realidades complejas y de diferente ámbito según el ángulo desde el que se establezcan. Por eso, para describir la posición de Guillermo Díaz-Plaja en ese presunto diálogo, creo que tan importante es abordarlo desde la tarea que realizó, desde dónde lo hizo (su trayectoria vital y su posición ideológica) como lo es hacerlo desde las respuestas que tuvo en vida, y las que mereció después de muerto.
 

Una vida, una forma de ser 

GDP recogió su peripecia vital en diversos libros autobiográficos: Memoria de una generación destruida (MGD) (Barcelona, Delos-Aymá, 1966) y Retrato de un escritor (RE) (Barcelona, Pomaire, 1978), así como en el libro de prosa poética Papers d'identitat (Barcelona, La Espiga, 1959). Nacido en Manresa en 1909, estudió el Bachillerato en Gerona y las carreras de Filosofía y Letras y Derecho en Barcelona. Se doctoró en Madrid, y en los cursillos de 1933 obtuvo el número 1 de Literatura Española. Tras la guerra civil, en que fue movilizado como miliciano de cultura del Ejército de la República en Barcelona, evitó el exilio y permaneció en su ciudad. Depurado como catedrático de Enseñanza Secundaria y como profesor universitario, recuperó la cátedra gracias a la intercesión de su amigo Luys Santa Marina, amistad que databa de los años treinta; sin embargo, la Universidad se le cerró para siempre. El empuje que había mostrado antes de la guerra no se detuvo en los años de posguerra: se incorporó a la enseñanza y asumió en 1939 la dirección del Instituto del Teatro. A partir de aquí, la historia es conocida y recordada no siempre con exactitud: prosiguió una carrera imparable de publicaciones, colaboró en la prensa, dictó cientos de conferencias y viajó numerosas veces a Hispanoamérica. En 1967 ingresó como académico de número en la Real Academia Española —cuyo discurso de ingreso contestó Martí de Riquer— y asumió la dirección del Instituto Nacional del Libro Español. Una bibliografía de más de 200 títulos de todos los géneros se cerró en 1984 con su muerte en Barcelona. 

No es éste el lugar para repasar la biografía de Guillermo Díaz-Plaja; muchos de estos datos son conocidos y remito al lector a cualquiera de los libros arriba mencionados para completarlos. Pero para afrontar esta cuestión vale la pena destacar algunos aspectos que redundarán después en su actuación y visión sobre las relaciones entre cultura catalana y castellana, y que parten de sus circunstancias vitales e intelectuales. En primer lugar, no sería comprensible la posición de Guillermo Díaz-Plaja si no se atiende a las circunstancias de su doble posición. Una formación vital e intelectual en dos campos: por un lado, el de la cultura castellana en la que se especializó, doctoró y consiguió cátedra, publicó la mayoría de sus trabajos de investigación y divulgación y consiguió cargos y honores, con una presencia en Madrid tanto física como a través de las colaboraciones en la prensa. Por otro, el entorno catalán en el que se formó y